Les Vivantes, obra publicada por primera vez en 2013 y reeditada en 2025, narra, en voz femenina, la suerte de una mujer presa en los campos de deportación de los Jemeres Rojos. En un logrado equilibrio entre intimismo, descripción y narración, el autor da cuenta de las vivencias de la protagonista, de sus sensaciones corporales, de su intimidad y de su estado psicológico mientras describe el horror de los trabajos forzados, la violencia, el terror o la muerte de los campos.
Una de las primeras cosas que interpelan al lector al enfrentarse a la lectura de Les Vivantes es la elección del recurso literario empleado para desplegar la gran riqueza de cuestiones que aborda el libro. A medio camino entre un monólogo dialogado entre la narradora y un personaje misterioso -nunca explícitamente identificado- y el lector, sorprenden el cuasi lirismo del tono y la delicadeza del tratamiento empleados por el autor, que contrastan ciertamente con la dureza del contenido. El lector familiarizado con la obra de Richard Retchman, encuentra en Les vivantes ecos que le remiten a La Vie ordinaire des génocidaires o a L’Empire du traumatisme: los límites del cuerpo, la disociación entre este y la psique o el lento proceso que conduce al desposeimiento de uno mismo. Así, cuerpo, memoria, olvido, desdoblamiento están presentes en esta obra que, sin ser una novela, presenta tintes ficcionales.
Adentrándonos en la lectura, el texto da cuenta de las vivencias de un personaje femenino que sufre en su carne la brutalidad del régimen de los Jemeres Rojos. Retchman teje un hilo conductor en el que, en paralelo a la historia principal, va dibujando, a sutiles trazos, cuestiones de orden diverso que ofrece delicadamente a la reflexión del lector, a modo de pequeñas huellas que se pueden o no seguir, pero que jalonan inteligentemente el texto. Así, las menciones a la relación entre colonizadores y colonos antes de la llegada de los Jemeres Rojos, las evocaciones de las relaciones familiares preñadas de elementos culturales y filosóficos de Camboya, el lugar de la memoria y del culto a los ya desparecidos, se mezclan con la narración y las sensaciones de la protagonista mientras da cuenta de sus brutales condiciones de vida en los campos de trabajo. Esta misma invitación la podemos encontrar en los capítulos finales del libro. Junto a los esbozos de la vida posterior de la protagonista en Europa, a las condiciones de acogida, a las exigencias metropolitanas, al choque producido por los diferentes olores, ruidos, colores o ritmos, Retchman traza, con la misma sutileza, el retrato del mundo que acoge: administrativo, frío, que encasilla, controla, ignora las realidades de las que vienen las personas con las que tratan… Y todo ello con una pertinencia y una inteligencia prodigiosas en su ritmo de escritura, que permiten al lector profundizar a voluntad en todas las puertas abiertas y en todos los dibujos esbozados.
Especialmente sobrecogedores son los pasajes en los que la protagonista reflexiona sobre la relación al cuerpo; al del otro, pero especialmente al suyo propio, en una secuencia que va del cuerpo-doliente, cuerpo-extranjero, cuerpo-traidor al cuerpo-enemigo, convertido en cómplice, predador, presa y enemigo a la vez. En estos pasajes podemos intuir la larga experiencia del autor y su experiencia clínica en la descripción de un proceso de disociación, que conduce a la protagonista a sentirse desposeída y vacía, apenas viva en un tiempo marcado por la angustiada, el miedo y los golpes, sin más conciencia de ser que la que puede percibir a través de las heridas infligidas sobre su cuerpo y que la llevan a clamar: “para resistir, tenía que protegerme de ese cuerpo que otrora fui yo” (p. 71).
Una lectura atenta de los distintos pasajes del libro nos permite seguir el proceso de “vaciamiento” mencionado por la protagonista. Vaciamiento al que son sometidos los presos a través de un proceso de desagarro de la unidad del ser, que se convierte, tras sufrir golpes continuos, amenazas y miedo, a un estado de “no-ser”. Esos cuerpos, ya “simples carcasas”, se ven obligados a vivir como muertos entre los vivos, “sin un atisbo de comunión entre ellos. Rota la alianza entre muertos y vivos”. La relación entre cuerpo, golpes, extrañamiento del propio cuerpo, miedo, memoria, deshumanización, olvido y muerte parecen relaciones inevitables en el contexto descrito por la protagonista. Como el paso de la memoria al olvido, el paso del tiempo que interrumpe la capacidad del propio cuerpo para recordar, para distinguir, para fijarse en los demás y sacarlos de la indistinción y dejar de considerarlos muertos en vida.
En unas pocas páginas de una enorme sensibilidad, que aúnan sencillez y complejidad, el autor consigue transmitir el horror de los campos de trabajo y la transformación física y psicológica que estos operan en cuerpos, identidades y memorias, mientras que nos sitúa frente a la capacidad de resiliencia del ser humano que es, pese a todo, capaz de hacer frente al horror.
